la densidad cultural que nos habita ha sido escasamente valorada, muchas veces desconocida y no pocas negada. Mitos de Chile. Diccionario de seres, magias y encantos es el intento de poner en cuestión la supuesta carencia de tramas simbólicas y de traer a escena los infinitos recodos de los imaginarios sociales nuestros. En ese sentido se trata de un texto que anhela apresar en la escritura el patrimonio intangible que resultan ser los relatos míticos, esencialmente orales, que han poblado desde el comienzo de los tiempos nuestras estructuras mentales y emocionales.
La oralidad de los mitos nos hace acercarnos a su fragilidad y simultáneamente a su potencia, seña paradójica de su posibilidad de transmisión o de pérdida, de su capacidad de pervivencia, de transformación y desaparición. Por ello, la captura de los relatos a través de la escritura es un gesto de fijación, de condensación de sus sonidos en la materialidad de los signos. De ese modo, este diccionario se asume como un esfuerzo, ligado por cierto a los de otros(as) autores(as) del pasado y el presente, por aprehender un patrimonio impalpable, recogiendo sus diversas fuentes y registros orales y escritos.
Hemos reunido narraciones relativas al origen del universo, de la humanidad, de las cosas; pero, asimismo, a algunos rituales asociados a aquéllas, o a otras dimensiones y seres que si bien a veces parecen alejados de las cosmogonías, encuentran en ellas un eco, una conexión que cada lector(a) hará de modo particular y que tiene que ver con el andamiaje simbólico compartido, con el lenguaje potente y arcaico que se anida y nos acompaña desde que alzamos nuestra vista de la tierra y conjuramos con el cuerpo y el alma nuestra condición humana.
También hemos convocado a las magias, las extraordinarias virtudes de personas, objetos y fuerzas invisibles que trastocan la realidad, que la moldean y configuran. Del mismo modo, los encantos, esa cualidad de transmutación y permanencia en estados infinitos de extraña existencia inmaterial o animada, se prodigan para hacernos ver que tras las cosas puede haber espíritus o personas, que nada está porque sí en el mundo y que nada es lo que parece. Los mitos, los seres, las magias y los encantos de Chile nos confrontarán a esos universos que residen más allá de lo tangible y harán restallar, desde ellos, imágenes entrañables y también esperpénticas que reconoceremos agazapadas en los límites de nuestra conciencia. Lo bueno y lo malo, la vida y la muerte, la felicidad y el dolor, la creación y la destrucción, el amor y el odio andan de la mano en los relatos y en el pensamiento; se entreveran, entrecruzan y dialogan permanentemente, tanto se mezclan que a veces no sabemos cuándo los términos de esas oposiciones son uno o el otro.
Cuando nos referimos a los mitos de Chile hablamos de un espacio cultural que va más allá de las fronteras cartográficas; se trata de un espacio denso de tiempo, historia, préstamos, infiltraciones, reelaboraciones y creatividades que se desplaza de norte a sur, de este a oeste y que cruza el mar, la cordillera, las desmembradas islas del sur austral, navegando y volando, asentándose o migrando. Esto significa que los mitos, los ritos, las magias y los encantos, aun cuando pertenecen a un determinado grupo humano, muchas veces se desligan de éste y se encajan, se incrustan en otro, modificándolo o colonizándolo. Eso ha ocurrido desde los antiguos horizontes precolombinos y todavía más atrás en las primeras comunidades humanas unidas por el lenguaje de las palabras y los gestos. Por eso, encontraremos ocasiones en que no es fácil definir la procedencia de ciertos relatos y evocaremos en ellos los ecos de cuentos e imágenes que conocemos de otras tradiciones culturales, de diversas épocas históricas, sonidos polifónicos que se acercan y alejan, voces transmutadas, pero que hablarán siempre de los procesos de adopción y recreación de sentidos que nos caracterizan como humanos.
No obstante, Mitos de Chile nombra a los grupos y pueblos originarios que han creado imaginarios discernibles, como los aymarás en el altiplano, los rapanui en Isla de Pascua, los mapuches-huilliches en las regiones sureñas y los cazadores selk'nam y tehuelches, los canoeros yamanas y kawésqar en la Patagonia. Chiloé, por su parte, es nombrado en toda su singularidad simbólica, abigarrada y construida de la confluencia entre lo mapuche, lo fueguino, lo europeo.

Y con el concepto de mestizo indicamos el amplio, fecundo y sincrético mundo campesino de las zonas norte, central y sur, y que retoma las vertientes hispánicas y las precolombinas. Además por medio de ese concepto nos referimos a los grupos populares y urbanos que se esparcen entre y con el mundo rural. De esta manera, Chile significa en este recorrido mitológico un ensanche de las fronteras, pues pronunciar aymara es traer al escenario al complejo mundo andino, especialmente a Bolivia y Perú; decir mapuche, tehuelche, selk'nam o kawésqar es convocar a Argentina; pronunciar rapanui es escuchar los sonidos de la Polinesia, y hablar de mestizaje es convocar una amalgama de tradiciones europeas. Así, Mitos de Chile restituye las antiguas parentelas culturales que tenemos con esos universos, dilatando los límites de los imaginarios y derribando los prejuicios de "insularidad" que nos privan de ciertas formas de habitar y entender el mundo.
El trazado del diccionario se despliega en definiciones que casi siempre son un bordado que une retazos, trozos de imágenes, fragmentos de relatos encontrados en éste o aquel libro, en ocasiones recopilados por nosotros, hallados otras veces en documentos y fotocopias de archivos locales, en conversaciones con especialistas. Por eso, algunas de las múltiples variaciones de un mito o de un rito se han congregado aquí para construir una "otra versión", a sabiendas de que jamás será la definitiva y que sin duda hay otros fragmentos, dispersos en la memoria de alguien, en algún texto desconocido o conocido que falta consultar. Hemos incorporado, asimismo, cuando han aparecido aportes literarios relevantes, citas de textos de escritores(as) que complementan o embellecen las definiciones. La labor de recolectar es infinita, eso lo sabemos, y también que todo diccionario es en sí perfectible y permanentemente corregible. Por ello, su cierre es más bien una apertura al incesante caudal de creación y reelaboración simbólica que bulle alrededor nuestro.
Los relatos reunidos en este diccionario, por otro lado, quieren acercar al público en general, y por cierto a los(as) estudiosos(as), a los sonidos sensibles de sus significados, es por esa razón que intentamos escribirlos de modo que cualquiera pueda escuchar sus resonancias, armonías, bramidos y retumbos. Tampoco se los ha despojado de sus contenidos más intensos y conmovedores, pues pensamos que tanto niños(as) como jóvenes y adultos(as) son capaces de extraer de ellos las hondas reflexiones que albergan. Hemos estado acostumbrados(as) a aceptar los cuentos de la tradición europea sin estimarlos sangrientos o violentos (¿no lo es acaso que el lobo se coma a una abuela, que una madrastra envenene a una joven con una manzana?); por esa razón tampoco quisimos mutilar los argumentos en vistas a su lectura infantil o juvenil, más bien procuramos que la estructura dramática perviva, pese a los límites textuales que impone el género diccionario. Mitos de Chile. Diccionario de seres, magias y encantos, confrontará a los(as) lectores(as) con un modo particular de hablar sobre las cosas nuestras. La geografía se convierte en algo más que una clasificación de elementos en un territorio, cada montaña, cada cerro, cada piedra está animado o habitado de historias y muchas veces de antepasados(as), de seres que viven o vivieron en sus oquedades. Cada estrella tiene también su memoria y sus fulgores son huella de antiguos sucesos. Lo mismo ocurre con los mares, ríos, lagos y lagunas: el agua posee también sus fuerzas, personajes, espíritus tutelares, monstruos. Aguas y cumbres son la residencia de infinidad de formas que nos amenazan o cuidan. Hay además un Chile subterráneo, el de las cuevas de los brujos que se extienden de norte a sur, en un imperio impensable e invisible; somos un país de ciudades y seres encantados que sólo pueden verse determinados días y a ciertas horas. Los animales y los pájaros se desplazarán en sentido transversal y longitudinal, corriendo como el zorro y volando como el cóndor a lo largo y ancho de los relatos. Bichos extraños, ancianos y ancianas excéntricos, sombras, viudas, enanos y gigantes, entes de la noche; personajes ambiciosos, ávidos por encontrar tesoros, riquezas, que hallan la muerte, que pactan con el Diablo y sus derivados malignos; princesas y príncipes chilenos, entre otros, habitan pueblos y localidades.
Pero asimismo en este Chile de los mitos el amor tiene un espacio, frustrado a veces, consumado y feliz otras, violento en figuras como El Trauko o en las diablesas rapanui; los enamorados se desplegarán en los caminos, se esconderán o vivirán para siempre encantados, murmurándonos sus secretos. Nuestra religiosidad popular y nuestras formas de entender la muerte nos abrazarán con milagros, animitas, santos y santas cercanos y amables; el Demonio no será tan terrible y hasta sabremos cómo conjurarlo. En definitiva, el Chile de los mitos es también un país numinoso, plagado de epifanías, de mundos monstruosos y bellos, de animales tutelares y aves predictoras. Mitos de Chile nos da la posibilidad de acceder a un "otro" país, el inventado en multitud de gestos luminosos y sombríos por una tradición que nos interpela en nuestras más profundas experiencias culturales. Sin duda que la religiosidad, entendida en el sentido mistraliano de "recuerdo constante de la presencia del alma" (Mistral, 1967) se esculpe en cada uno de esos gestos haciéndonos comprender que no sólo la religión oficial y "occidental" es ejemplo del prístino trabajo de la mente para construir una explicación y un destino humanos. Anhelamos, entonces, que este diccionario sea el punto de partida, la puerta hacia el deseo de dejarse arrastrar por un torrente que cae del cielo y que mana por la tierra mil veces construida y hablada en el idioma de los(as) mestizos(as) chilenos(as) —en su español propio y "apropiado"—, de los(as) aymarás, los(as) mapuches, los(as) canoeros(as) y cazadores australes y los(as) pascuenses. Por último, asumimos en nuestro intento la idea de que "La materia está delante de nosotros, extendida en este inmenso panorama que es la naturaleza con la intención aparente de hacernos olvidar lo invisible, apegándonos a su hermosura, y nuestro cuerpo está susurrándonos que él es nuestra única y seria realidad. Son los dos tentadores, son los dos insignes engañadores" (Mistral, 1967).

La autora
Sonia Montecinos